Me preocupa la capacidad que tenemos para transformar una gota de agua en un océano. La facilidad para culpar, disculpar, dogmatizar o pontificar según el viento sople desde este u oeste. Me inquieta que se valoren más los problemas que los méritos, pese a la sideral diferencia entre unos y otros. Sucede con una figura universal estos días. Un rostro colmado de éxitos. Rafael Nadal. Definir su aportación al deporte es difícil. Definir su escaparate de valores humanos, imposible. Sobre él han planeado estas semanas de receso competitivo incriminaciones llevadas a extremos por prensa y aficionados. No pensaba gastar un solo esfuerzo en escribir sobre ello, pero la situación lo requiere.
¿Alguien es capaz de asociar las palabras dopaje y Nadal sin remordimientos de conciencia? ¿De verdad alguien se puede llegar a plantear que el tenis no sea un deporte limpio? ¿Somos conscientes de todos los controles que pasan al año los jugadores?
La respuesta tiene que ser negativa, aunque cueste creerlo. La situación es la siguiente: No sólo España, el planeta, cuenta con una figura deportiva de primer nivel. Un jugador irrepetible, parte de una generación irremplazable. Historia del deporte. Cada pregunta sobre el dopaje es una oportunidad perdida para saber más sobre Nadal. Para conocer un poco mejor los detalles escondidos de un fenómeno que ninguno de nosotros volverá a contemplar. Pasarán años. Pasarán muchos años hasta que algo similar al mallorquín aparezca. Y, en lugar de dedicarnos a analizar cada relato de su vida profesional, malgastamos esfuerzos en un tema vacío y usado: el dopaje y Francia.
No es la opinión de un país, es la opinión de un equipo de guionistas azuzado por la dirección de un programa francés. Una burla de mal gusto convertida en una cruzada entre regiones sin sentido ni cordura. Son tres muñecos mal caracterizados que por momentos han representado al bellaco más infame que España haya tenido en su historia. Es la excusa perfecta. Ha servido de diana para periodistas y ciudadanos, enfrascados en una batalla intangible que no conducía a ningún sitio.
A Nadal le quieren en París. Le reclaman por la calle como en cualquier otro lugar del mundo. Le paran, le piden autógrafos, le solicitan para hacerse fotos y le desean suerte. Decir lo contrario es valorar la situación sin conocerla. Es mentir contando una historia que no es cierta. La tendencia a generalizar nos lleva a pensar que la central de Roland Garros representa a una población completa. 14.000 personas contra 66 millones de habitantes. Una absurda barbaridad si tan sólo dedicamos un segundo a pensarlo.
Obviamente, la situación es diferente en el templo de la tierra batida. Reflexionemos las causas. Antes de que Rafael ganase seis veces consecutivas el segundo Grand Slam de la temporada, otros once años contempló el público de París como jugadores de nuestro país se proclamaban ganadores de su torneo. No estamos contando en esta estadística finalistas, doblistas o campeones de categorías inferiores. No es motivo para no apoyar a Nadal, pero es la causa. Les duele. Les duele mucho. Igual que nos dolería a nosotros si el Grand Slam se disputase en España y fuesen ellos los que besaran la gloria una vez tras otra. Ocurre en Madrid. No nos engañemos. El público de la Caja Mágica llegó a abuchear a Federer en un partido frente a Nadal. Y la diferencia entre los torneos es notable. Es ley de vida y ley del deporte.
Nadal podrá gustar más o menos. Hablamos, claro, dentro de una pista de tenis. Su estilo podrá ser amado u odiado. Como puede pasar con Djokovic o Federer. Nadie, sin embargo, puede discutir que es un ejemplo como persona. Un modelo a seguir que nadie imita. Vivimos una época en la que destacar por ser bueno en un deporte otorga invulnerabilidad. Parece que ser una estrella de fútbol, baloncesto o tenis, da derecho a mirar por encima del hombro. A responder ante los medios de comunicación siempre que apetezca. A detenerse con los aficionados según el humor de ese día. A ser una persona sin educación. Sin respeto. No cuesta nada y parece que es imposible. Estamos acostumbrados a ruedas de prensa en las que la noticia es si la persona que habla está o no de mal humor. Ya cansa. De verdad, ya es una historia que aburre.
Es la situación de una gran parte del elenco de deportistas. Nadal no. Nadal sale y aclara un tema tan delicado como el de su integridad financiera. Y no lo hace de cualquier forma. Reconoce los errores por domiciliar las sociedades en San Sebastián. ¿Por qué? Lo fácil sería guardar silencio. Nadie le obliga a explicar nada. Nadie le exige que reconozca que no se hicieron las cosas bien. Es una persona a la que es fácil admirar. No ya como jugador de tenis y sí como persona. Un ejemplo de que una buena educación sigue siendo la base más firme para mantener la cordura, pase lo que pase.
¿Era necesaria tanta difusión al asunto del dopaje? ¿Lo era al tema del paraíso fiscal? ¿No son todos los momentos que Nadal ha regalado un crédito suficiente? ¿No es un nuevo triunfo en París la mejor respuesta a las acusaciones vertidas desde Francia? ¿No es la ignorancia más dolorosa que los litigios legales iniciados desde los distintos estamentos de nuestro país? La duda es si esto es sólo una nueva cortina invisible para llenar páginas vacías y ocultar problemas mayores por los que atraviesa nuestra sociedad o si realmente la difusión otorgada corresponde a una preocupación real. Ambos son discursos alarmantes. Ambos denotan una falta de rigor hacia la realidad. Ambos, en consecuencia, son motivos suficientes para reflexionar y preguntarnos hacia dónde estamos caminando. Algo está claro: no puede ser sano que Nadal sea noticia de escaparate por estos dos asuntos y al ganar un torneo menor una fugaz reseña sirva para cubrir la información. No sabemos lo que tenemos. Y lo vamos a echar de menos. Seguro.




febrero 27th, 2012
Rafael Plaza
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